Redacción Angélica González

La inmersión en agua fría, también llamada crioterapia, incluye desde duchas frías hasta baños de hielo o nado en ríos, lagos y mar a bajas temperaturas. Muchas personas la usan a diario o varias veces por semana convencidas de que ayuda a su salud física y mental, sobre todo para “recuperarse” mejor después del ejercicio o para manejar el estrés.

 

Durante años, deportistas han usado baños de agua a unos 10–15 °C durante unos 10 minutos después de entrenar para reducir el dolor muscular y acelerar la recuperación. Algunos estudios muestran efectos positivos, pero una investigación de 2014 encontró que, en varios casos, los supuestos beneficios no fueron mayores que un placebo, es decir, que la creencia en el tratamiento podría explicar buena parte de la mejoría

 

 

¿Hay beneficios de sumergirse en agua con hielo?

 

La terapia con agua fría se ha explorado como apoyo para síntomas de depresión, dolor crónico y migrañas, y existen muchos testimonios de personas que dicen que “les cambió la vida” o les ayudó en momentos difíciles. Sin embargo, la evidencia científica sólida aún es limitada y los expertos consideran que estamos en fases tempranas de investigación sobre sus efectos reales.

 

Una revisión sistemática reciente sobre inmersión en agua fría encontró efectos mezclados: por un lado, un aumento de la inflamación justo después del contacto con el agua fría; por otro, una reducción del estrés alrededor de 12 horas después y posibles mejoras en calidad de sueño y calidad de vida en algunos participantes. Aun así, los autores subrayan que faltan más estudios con muestras grandes y diversas antes de poder recomendar esta práctica como tratamiento estándar para problemas de salud.

 

 

Riesgos: del “shock” al pie de trinchera

 

Para que una práctica sea realmente terapéutica, el mínimo es que no haga daño, y en el caso del agua fría esto no siempre se cumple. La exposición brusca puede desencadenar “cold shock” (hiperventilación, taquicardia), riesgo de arritmias, hipotermia y, en aguas abiertas, ahogamiento si la persona entra en pánico o pierde fuerza rápidamente. Por eso los especialistas insisten en que “más frío” o “más tiempo” no significa más beneficio, sino que puede aumentar los peligros.

 

Un riesgo poco conocido es la lesión por frío no congelante, conocida históricamente como “pie de trinchera”. Se produce por exposición prolongada a frío y humedad, y provoca dolor, alteración de la sensibilidad y alta sensibilidad al frío en pies o manos, síntomas que pueden durar años debido a daños en nervios y vasos sanguíneos. Aunque se describió primero en contextos militares, también se han reportado casos en personas sin hogar y en practicantes de deportes acuáticos o natación en aguas frías.

 

 

Quién corre más riesgo y qué dice la ciencia reciente

 

No está claro qué nivel de temperatura o duración marca el punto “demasiado frío” para que aparezcan lesiones por frío no congelante, y la respuesta al frío varía mucho entre individuos. Algunos estudios sugieren que personas de origen africano o caribeño pueden ser más vulnerables a este tipo de daños, lo que hace que los riesgos no sean iguales para todo el mundo.

 

Como dato relativamente tranquilizador, un estudio en nadadores de aguas frías halló que, aunque muchos presentaban sensibilidad al frío, esto no siempre se asoció con daños en los vasos sanguíneos de la piel. Aun así, los expertos recomiendan precaución, sobre todo en quienes tienen problemas cardiovasculares, asma, mala circulación o antecedentes de lesiones por frío.

 

 

Consejos para practicar inmersión en agua fría con mayor seguridad

 

Si decides probar la terapia con agua fría, conviene seguir algunas recomendaciones básicas:

 

  • Consultar primero con tu médico de cabecera, sobre todo si tienes enfermedades del corazón, respiratorias o circulatorias.
  • No hacerlo nunca solo: es mejor contar con compañía, y en aguas abiertas conocer bien el entorno (corrientes, mareas, olas, obstáculos, contaminación, fauna marina).
  • Planear bien la entrada y salida: entrar de forma gradual, evitar zambullidas bruscas, y asegurarse de que hay un punto seguro y cercano para salir.
  • Tener listo al salir: toalla, ropa seca y abrigada, cortavientos, bebida caliente y un lugar donde resguardarse mientras el cuerpo recupera temperatura. No es recomendable conducir o montar en bicicleta inmediatamente después, hasta entrar en calor.
  • Limitar el tiempo: empezar con inmersiones muy cortas y salir antes de notar entumecimiento intenso, dolor fuerte o escalofríos pronunciados. Escuchar las señales del cuerpo es clave para no forzarlo.

 

 

En resumen, la inmersión en agua fría puede aportar sensación de bienestar y cierta mejora en algunos marcadores de salud en personas sanas, pero la evidencia aún no es concluyente y los riesgos son reales si se practica sin control. Por ahora, la recomendación general es tomarla como un complemento opcional, nunca como sustituto de tratamientos médicos, y siempre con prudencia, supervisión y tiempos cortos de exposición.

 

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