Redacción Julián Dussán Bonilla

Cuando se trata de traumas, se tiende a creer que son creados a partir de experiencias traumáticas personales que generan inseguridades y miedos. No obstante, nuevos estudios científicos señalan que esta no es una regla.

 

Los efectos de los traumas causados por abusos, genocidios e incluso factores ambientales, podrían transmitirse de una generación a otra. Así lo apuntó un artículo de National Geographic, donde se explica que la epigenética se ocupa del análisis de los mecanismos que activan o desactivan los genes. 

 

Según las investigaciones, este proceso molecular, denominado también expresión génica, puede aumentar la actividad de ciertos genes mientras inactiva otros. Además, implica la eliminación de etiquetas químicas en los genes, conocidas como grupos metilo.

 

Pues bien, los investigadores señalaron que sería este proceso el que “imprime” los traumas de un progenitor en el de su descendencia. 

 

El estudio tuvo lugar en 2015, cuando un grupo de expertos descubrió una marca epigenética en los hijos de 32 sobrevivientes al Holocausto. Se examinó a fondo el gen FKBP5, el cual se relaciona directamente con la ansiedad y otros desórdenes mentales.

 

Al analizar el ADN, el equipo de expertos detectó modificaciones epigenéticas en la misma región del gen tanto en los sobrevivientes como en sus hijos, pero no hallaron cambios en el ADN de un grupo de padres judíos y sus descendientes que no experimentaron el Holocausto.

 

Otro estudio de Moshe Szyf y Michael Meaney examinó cómo el cuidado materno en ratas afectaba la expresión génica en sus crías. Descubrieron que las crías de madres que proporcionaban cuidados intensivos tenían diferentes patrones de metilación del ADN en los genes relacionados con la respuesta al estrés, lo que resultó en una menor producción de la hormona del estrés, cortisol, en la adultez. 

 

Este efecto persistió incluso cuando las crías fueron criadas por madres adoptivas con comportamientos de cuidado diferentes.

 

Estos estudios sugieren que los traumas emocionales y las experiencias de estrés pueden dejar una "marca" epigenética en los genes, que puede ser transmitida a las generaciones futuras, influenciando su respuesta al estrés y la vulnerabilidad a trastornos emocionales.

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