Redacción
Juan Sebastián Sosa
Diciembre llegó y con él el espíritu navideño. No solo el clima cambia, sino también la forma en la que las personas se relacionan entre sí. La gastronomía, las luces y la música generan una atmósfera especial que impulsa la generosidad y los encuentros con seres queridos.
La Navidad es mucho más que una festividad religiosa o cultural: es un momento simbólico que atraviesa generaciones. Su relevancia es tal, que incluso ha sido capaz de generar treguas históricas en medio de guerras.
Uno de los momentos más recordados ocurrió el 25 de diciembre de 1914, durante la Primera Guerra Mundial. Ese día, soldados de ambos bandos salieron espontáneamente de las trincheras para celebrar juntos. En vez de combatir, compartieron comida, cantaron villancicos y jugaron fútbol en una muestra genuina de paz.
Este episodio, que aparece en varios libros de historia, evidencia el impacto emocional que puede generar esta fecha. Es una celebración capaz de suspender el odio y dar lugar a la reconciliación, al menos por un día.
Pero, ¿cómo surgió esta tradición? ¿Qué se celebraba antes? ¿Cuál es el verdadero origen del árbol y de los regalos que hoy asociamos con la Navidad?

El árbol navideño: del fresno sagrado a los centros comerciales
Los primeros registros de la celebración navideña se remontan al siglo IV después de Cristo. Fue una época clave para el cristianismo, ya que fue cuando el Imperio romano adoptó oficialmente esa religión. A partir de ese momento, no solo se comenzó a conmemorar la muerte de Jesús, sino también su nacimiento.
Lorena Pérez Yarza, profesora de Historia de las Religiones en la Universidad Carlos III e investigadora posdoctoral, explicó a CNN en Español: “La gente empezó a discutir sobre el origen y la humanidad de Jesús, y entonces empezó a tener importancia no solo celebrar la muerte y la crucifixión, sino también el nacimiento.”
Sin embargo, en ese tiempo aún no existía ni el árbol navideño ni la decoración que hoy conocemos. Para ello habría que esperar varios siglos más, específicamente al período del Imperio de Carlomagno durante la Edad Media.

Durante sus conquistas en el siglo VII, Carlomagno enfrentó a pueblos con fuertes tradiciones paganas, como los sajones y los fenicios. Ellos practicaban el culto al dios Frey, el cual incluía rituales con árboles decorados.
Pérez detalló que “se cree que del mestizaje cultural que hay durante la Edad Media se importa esa festividad dentro del cristianismo”, aunque aclaró que no fue un proceso “automático”.
En Alemania, por ejemplo, se adoraba al árbol de la vida conocido como Yggdrasill, un fresno sagrado que, según la mitología nórdica, sostenía el universo. Esta tradición también influyó en la transformación del árbol en símbolo cristiano.
Del pino sagrado de Bonifacio al árbol decorado con luces
El relato cristiano sobre el origen del árbol de Navidad se centra en la figura de san Bonifacio. Este misionero evangelizador de Alemania e Inglaterra taló un árbol que los lugareños dedicaban a Odín, dios nórdico.
Según narra la Agencia Católica de Informaciones, tras derribar ese árbol, Bonifacio plantó un pino en su lugar como “símbolo del amor perenne de Dios”. De ahí surge la práctica de usar el abeto, un árbol de hojas perennes que representa la vida eterna y cuya forma triangular apunta al cielo.
Con el paso del tiempo, esta práctica se extendió. Durante la Navidad, se empezaron a talar abetos y, en un fenómeno curioso, en algunos lugares se colgaban de los techos.

La tradición se enriqueció con nuevas ideas. El reformador Martín Lutero, por ejemplo, colocó velas sobre las ramas de un árbol porque, según explicó, centelleaban como estrellas en la noche invernal.
Así, el árbol de Navidad fue tomando la forma que conocemos hoy: un símbolo decorado con luces, adornos y esperanzas para el nuevo año.
Actualmente, dos ciudades bálticas —Tallin (Estonia) y Riga (Letonia)— se disputan el honor de haber erigido el primer árbol de Navidad público. Tallin lo hizo en 1441 y Riga en 1510.
La tradición de los regalos: más antigua que el árbol
Aunque hoy asociamos los regalos con Papá Noel o los Reyes Magos, lo cierto es que esta práctica es mucho más antigua que el árbol de Navidad.
Según relatan los historiadores, la costumbre de dar obsequios en diciembre proviene de las saturnalias, una fiesta pagana celebrada en el Imperio romano en honor a Saturno, dios de la agricultura.
Estas celebraciones, que se realizaban hasta el 23 de diciembre, eran consideradas las más populares del calendario romano. Se extendían por siete días y alteraban el orden social: los amos servían a los esclavos, se hacían banquetes y se intercambiaban regalos.
Entre los obsequios más comunes estaban las velas y las estatuillas de terracota. El objetivo no era el valor económico, sino el gesto simbólico de dar y compartir.
Con la expansión del cristianismo, la Iglesia católica intentó reemplazar estas fiestas paganas y adaptó sus prácticas a las nuevas creencias. Así, las saturnalias quedaron integradas dentro del calendario cristiano como parte de las celebraciones navideñas.
Esto también explica por qué la tradición de los regalos se mantuvo, incluso antes de la llegada de Papá Noel, y se fortaleció con los siglos gracias a la cultura de consumo y la globalización.
Del siglo XVIII al siglo XX: cómo se globalizó el árbol de Navidad
La expansión del árbol de Navidad no fue tan rápida como se podría imaginar. De hecho, Lorena Pérez aseguró a CNN en Español que “no existían los árboles hasta el siglo XX prácticamente”, al menos como costumbre global.
Durante el siglo XVIII, su uso comenzó a extenderse lentamente en algunos países europeos. Pero fue a partir del siglo XIX —y sobre todo con la llegada del siglo XX— que la tradición se volvió mundial.
Esto se debió principalmente a la influencia de los medios de comunicación y a la difusión cultural que trajo consigo la era moderna. Países que no decoraban árboles comenzaron a hacerlo, especialmente en las grandes ciudades y centros comerciales.
El árbol, que antes tenía una fuerte carga simbólica religiosa y cultural, se transformó también en un ícono de consumo, decoración y marketing navideño.
Hoy en día, millones de personas en todo el mundo arman árboles en sus casas, oficinas y espacios públicos, decorándolos con luces, esferas y hasta tecnología.
Lo que comenzó como una práctica espiritual y mística, terminó siendo parte esencial del paisaje navideño global.
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