Redacción Juan Sebastián Sosa

Un estudio publicado en la Journal of Personality por investigadores de la Universidad de Toronto plantea una hipótesis que ha despertado curiosidad: las cejas, más que cualquier otro rasgo facial, podrían estar relacionadas con los niveles de narcisismo. Aunque no existe un “rostro narcisista” como tal, los científicos encontraron patrones consistentes.

 

Para llegar a esta conclusión, se tomaron fotos de personas con expresiones neutras y luego se aplicó el Inventario de Personalidad Narcisista. A continuación, se pidió a otros participantes que evaluaran cuán narcisistas les parecían esas personas solo al ver sus caras. El resultado fue sorprendente.

 

Las personas con cejas densas, oscuras y definidas fueron percibidas como más narcisistas, lo que además coincidía con sus altos puntajes en la prueba psicológica. Este rasgo facial captó la atención de los investigadores como un posible indicador visual.

 

Para confirmar esta observación, los científicos hicieron un experimento extra: intercambiaron las cejas entre fotos de personas con y sin rasgos narcisistas. Las percepciones cambiaron drásticamente. Es decir, cambiar solo las cejas hizo que las personas fueran vistas de forma distinta.

 

Aunque no se puede decir que unas cejas gruesas equivalen a una personalidad narcisista, sí parece haber una asociación que vale la pena explorar. Eso sí, los expertos insisten: no es un diagnóstico, sino un indicio visual dentro de un conjunto más complejo.

 

Narcisismo

 

Rasgos de una persona con trastorno narcisista de la personalidad

 

El narcisismo va más allá de una actitud egoísta o de una alta autoestima. Se trata de un trastorno de salud mental reconocido por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, según su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5). La clínica Mayo lo define como una condición donde el individuo muestra “un aire irrazonable de superioridad”.

 

El término narcisismo viene de la mitología griega. Narciso, un joven condenado a enamorarse de su propio reflejo, representa la autoadmiración desmedida. Esta imagen ha sido usada durante siglos para ilustrar este tipo de personalidad centrada en uno mismo.

 

Pero no todos los que se aman a sí mismos son narcisistas. El psicólogo Unai Aso, citado por Unobravo, explica que todos podemos tener ciertos rasgos en momentos puntuales, pero cuando se vuelven persistentes y afectan la vida del individuo y de quienes lo rodean, puede hablarse de un trastorno.

 

Persona narcisista

 

Uno de los síntomas más frecuentes es la grandiosidad, una visión exagerada sobre sí mismo, acompañada de comportamientos arrogantes. También está la necesidad constante de validación y elogios. Si no los reciben, se sienten heridos o despreciados.

 

Otro rasgo importante es la falta de empatía. No logran ponerse en el lugar del otro, ni comprender sus emociones, lo que los lleva a minimizar o ignorar el sufrimiento ajeno si este no se ajusta a sus propios intereses.

 

Fantasías, manipulación y actitudes altivas: señales claras

 

Un aspecto poco visible pero crucial en los narcisistas es su tendencia a vivir en fantasías de poder, éxito o belleza. “Tienden a verse como extremadamente exitosos, poderosos o atractivos, incluso si esto no se corresponde con la realidad”, señala Unai Aso.

 

Esta visión distorsionada alimenta su creencia de que están destinados a cosas extraordinarias y los hace más vulnerables a la crítica o al fracaso. Esas fantasías los alejan de la realidad y dificultan su desarrollo emocional.

 

La creencia de ser únicos también es común. Estas personas creen que solo pueden ser entendidas por otros igualmente excepcionales y que están por encima de las reglas comunes. “Lo peor que le puedes decir a un narcisista es que es igual que todos los demás”, dice Aso.

 

Además, los narcisistas tienden a explotar a los demás para obtener lo que quieren. Usan a las personas como medios, sin importarles sus emociones. Pueden manipular, engañar y aprovecharse de otros para alcanzar sus objetivos.

 

Por último, muestran una actitud constantemente arrogante. Desprecian las normas sociales y esperan recibir un trato especial. Esta arrogancia, sin embargo, esconde su necesidad constante de aprobación. Detrás del aire de superioridad, hay inseguridad y deseo de aceptación.

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