Redacción Juan Manuel Capera

La llegada de la Navidad es un evento anhelado en todo el mundo, marcado por la reunión familiar, el intercambio de regalos y la iluminación festiva que adorna calles y hogares. Sin embargo, en Colombia, en el municipio de Quinamayó, Valle del Cauca, la Navidad toma un giro peculiar, ya que no se celebra en diciembre, como en la mayoría de las culturas, sino 40 días después de la fecha tradicional.

 

Esta singular tradición encuentra sus raíces en una historia de resistencia y libertad. La comunidad afrodescendiente de Quinamayó, que llegó desde África en el siglo XIX para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar, vivió bajo la opresión de sus amos, quienes les prohibían disfrutar de la Navidad el 25 de diciembre. En lugar de aceptar esta prohibición, la comunidad decidió celebrar el nacimiento del Mesías 40 días después, representando al Niño Jesús como negro, simbolizando su liberación de las cadenas de la esclavitud.

 

El docente Norman Viáfara Aponzá, gestor cultural y coordinador de las festividades, explicó que esta decisión de celebrar en febrero fue un acto de rebeldía. “Es un proceso de rebeldía originado porque a nuestros ancestros les tocó fugarse para celebrar, la idea fue hacer una particularidad, un mecanismo disruptivo en su honor, de allí el lema ‘Quinamayó, a ritmo de fuga desde hace más de 100 años’”, señaló.

 

La celebración en febrero se ha convertido en un evento festivo único, donde la comunidad expresa su alegría y conmemora la liberación de sus ancestros a través de bailes tradicionales y manifestaciones culturales. La festividad no solo representa la resistencia ante las restricciones impuestas por los colonizadores, sino también la preservación de las tradiciones y creencias afrocolombianas a lo largo del tiempo.

 

“Tu vienes a Quinamayó el 25 de diciembre y es un día normal, lo que hacemos es empezar a prepararnos para los días de fiesta que son en febrero por la llegada del Niño Dios negro. Es un proceso de rebeldía originado porque a nuestros ancestros les tocó fugarse para celebrar”, agregó Viáfara Aponzá.

 

Esta historia de prohibición y resistencia ha trascendido generaciones, convirtiéndose en un símbolo arraigado de la identidad y la cultura de Quinamayó. La celebración en febrero es mucho más que una fecha alternativa; es un recordatorio tangible de la fortaleza de una comunidad que, a través de la adversidad, ha logrado preservar su herencia y celebrar la libertad.

 

 

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