Redacción
Angélica González
Comprar zapatillas nuevas, armar una playlist motivadora y jurarse que esta vez sí hará ejercicio todos los días es una escena conocida. Sin embargo, para muchas personas ese entusiasmo dura apenas una semana. Investigadores de la Universidad de Michigan y la Universidad Estatal de Kent analizaron este patrón y encontraron un responsable silencioso: la mentalidad de “todo o nada”, una forma rígida de pensar que lleva a abandonar el ejercicio antes de que se convierta en hábito.
El estudio, publicado en la revista BMC Public Health y liderado por la científica del comportamiento Michelle Segar, explica por qué incluso quienes tienen la intención de moverse terminan rindiéndose.
La trampa del “todo o nada” en el ejercicio
Según Segar, el problema aparece cuando el plan ideal de entrenamiento se vuelve inviable.
“Cuando las personas no pueden adherirse completamente a su plan (el ‘todo’), optan por no hacer ejercicio en absoluto en lugar de modificarlo”.
El equipo, integrado también por Jen Taber, John Updegraff y Alexis McGhee-Dinvaut, trabajó con 27 adultos entre 19 y 79 años que no lograban mantener rutinas estables, pese a haberlo intentado varias veces. Aunque este tipo de pensamiento ya se había estudiado en la alimentación y el control de peso, es la primera vez que se analiza a fondo su impacto directo en la actividad física.
Los cuatro muros invisibles que bloquean la constancia
Los investigadores identificaron cuatro componentes que conforman este sabotaje mental.
1. Estándares idealizados y rígidos
Para muchos, solo cuenta como ejercicio aquello que cumple con parámetros estrictos.
“Si hago algo durante menos de 15 minutos, siento que ni siquiera hice ejercicio”, relató uno de los participantes.
2. Búsqueda activa de excusas
El entrenamiento se percibe como demasiado duro o incómodo. Esto facilita justificarse para no hacerlo: “es difícil”, “duele”, “no se siente bien”.
3. Baja prioridad frente a otras tareas
Cuando el día se llena de pendientes, el ejercicio suele ser lo primero que se deja de lado.
“Cuando la rutina se llena de cosas que hay que hacer, hacer ejercicio es fácil de sacrificar”.
4. Desconcierto por la propia inactividad
Muchas personas no entienden por qué, pese a haber tenido experiencias positivas, ya no logran moverse.
“No entiendo por qué no hago ejercicio… soy una mujer educada… ¿por qué ni siquiera puedo empezar?”, confesó otra voluntaria.
Por qué no hacer nada parece la opción “más lógica”
“La mentalidad de todo o nada genera altos costos para hacer ejercicio”, advierte Segar. La fatiga, el estrés y la sobrecarga diaria hacen que el esfuerzo inmediato de entrenar pese más que los beneficios futuros. Así, no hacer nada se convierte en una salida estratégica, casi automática.
Además, muchas de estas decisiones se toman sin ser plenamente conscientes, por lo que la gente no relaciona su abandono con este tipo de pensamiento rígido.
Cómo romper el ciclo: tres claves prácticas
El estudio no se queda en el diagnóstico. También propone cambios para construir una relación más realista con el ejercicio:
✔ Evitar la autocrítica
Los modelos culturales de “vida fitness perfecta” suelen ser inalcanzables. Castigarse por no cumplirlos solo refuerza el abandono.
✔ Aceptar lo “suficientemente bueno”
Segar lo resume así:
“Nada tiene que ser perfecto, incluido el ejercicio”.
Caminar 10 minutos, estirarse o moverse un poco también cuenta.
✔ No quedar atrapados en el pasado
Experiencias negativas previas pueden condicionar la motivación actual. Reconocerlo ayuda a liberarse de esa carga.
Un primer paso hacia una constancia más humana
Este estudio abre una puerta para entender por qué tantas personas, incluso con la mejor intención, terminan dejando el ejercicio. No se trata de falta de disciplina, sino de una mentalidad rígida que convierte la imperfección en renuncia.
Aceptar que el movimiento puede ser flexible, imperfecto y adaptado al día a día podría ser la clave para que, esta vez sí, las zapatillas salgan del armario.
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