Redacción Juan Sebastián Sosa

Colombia lamenta la muerte de Miguel Uribe Turbay, uno de los políticos jóvenes con mayor proyección en el país y el senador más votado en las elecciones legislativas de 2022, con más de 226 mil votos. Falleció a los 39 años, víctima de un atentado que lo dejó gravemente herido el pasado 7 de junio en Modelia, Bogotá, cuando realizaba actividades de campaña.

 

El precandidato presidencial se encontraba presentando su plan de gobierno y dialogando con la comunidad, fiel a su lema de “escuchar a la gente”, cuando recibió tres disparos, dos de ellos en la cabeza. Desde entonces, permaneció en la Fundación Santa Fe, donde los médicos lucharon por su vida durante más de dos meses.

 

Su muerte revive una dolorosa coincidencia: falleció casi a la misma edad en que su madre, la periodista Diana Turbay, quien fue asesinada en 1991 durante un fallido intento de rescate tras cinco meses secuestrada por Los Extraditables, al mando de Pablo Escobar.

 

La historia de Miguel Uribe es un ejemplo de cómo la violencia en Colombia ha marcado generaciones enteras. Su vida estuvo atravesada por el dolor de perder a su madre cuando apenas tenía cuatro años y medio, pero también por la decisión de transformar esa tragedia en un motor para trabajar por el país.

 

En diferentes entrevistas, Uribe relató que eligió no buscar venganza, sino honrar la memoria de Diana Turbay con un compromiso firme con la política y el servicio público. “Decidí perdonar, pero nunca olvidar. Perdonar me hizo fuerte; recordar me mantiene firme”, dijo alguna vez.

 

 

El secuestro y asesinato de Diana Turbay

 

A finales de agosto de 1990, Diana Turbay, directora del noticiero Criptón e hija del expresidente Julio César Turbay Ayala, salió junto a tres periodistas y dos camarógrafos hacia una supuesta entrevista con el líder del ELN, Manuel “el cura” Pérez. La propuesta resultó ser una trampa de Los Extraditables, grupo liderado por Pablo Escobar.

 

La periodista fue secuestrada en Copacabana, Antioquia, y trasladada entre diferentes propiedades del cartel. Durante su cautiverio intentó comunicarse con Escobar, sin éxito. Los narcotraficantes buscaban presionar al presidente César Gaviria para frenar la extradición hacia Estados Unidos.

 

El 25 de enero de 1991, tras casi cinco meses de secuestro, un operativo de rescate terminó en tragedia. Diana recibió un disparo por la espalda que le causó graves heridas en el hígado, el riñón y la columna. Alcanzó a decirle a su camarógrafo Richard Becerra: “Me mataron, me mataron, me morí”, antes de perder el conocimiento.

 

Miguel Uribe Turbay y su mamá, Diana Turbay

 

Fue trasladada de urgencia en helicóptero al Hospital General de Medellín, donde falleció hacia las 5:30 de la tarde. Hasta hoy, nunca se ha esclarecido si el disparo fue hecho por sus captores o por las balas de los uniformados que intentaban rescatarla.

 

Su muerte marcó profundamente a su familia y al país entero. En los funerales, la imagen de un pequeño Miguel Uribe, ajeno a la magnitud de la tragedia, quedó grabada en la memoria de millones de colombianos.

 

El legado de su madre en la vida de Miguel Uribe

 

Desde muy joven, Miguel tuvo claro que la violencia que lo dejó huérfano no sería el motor de su vida. Siguió el ejemplo de su madre, quien estudió Jurisprudencia en la Universidad del Rosario, pero dedicó gran parte de su carrera al periodismo y a la búsqueda de la paz.

 

En su trayectoria política, que inició a los 26 años, siempre mencionó que su madre era su principal inspiración. Como ella, estudió Derecho en la Universidad del Rosario y defendió causas que buscaban construir confianza entre el Estado y la ciudadanía.

 

En entrevistas, Miguel recordaba que Diana participó en procesos de acercamiento con el M-19 para buscar la desmovilización y que, como periodista, siempre tuvo un sentido de responsabilidad social.

 

El exsenador afirmaba que superar el dolor de su pérdida fue posible gracias a la fe en Dios y al ejemplo de su abuela, Nydia Quintero. Eligió el camino del perdón como herramienta para sanar y transformar su vida.

 

Con su muerte, se cierra un capítulo marcado por la repetición de la violencia, pero también se consolida un legado de resiliencia y compromiso con Colombia. 

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