1619610903_136036_1619611266_noticia_normal
Imagen: Redes sociales

6 julio, 2021

¿Tumbar estatuas para repensar la historia?



Por:




Daniel González Monery

Cada vez que cae o se tumba una estatua, por el actuar indignado de un grupo poblacional, históricamente oprimido, la reacción del resto de la sociedad debería ser de menos de cólera y más de reflexión.

En un país, como el nuestro, en el que la polarización es el pan de cada día, por supuesto que las posiciones en torno a la destrucción de monumentos suelen también polarizarse entre quienes ven actos injustificables de vandalismo y quienes consideran que todo está permitido a la hora de las reivindicaciones sociales históricas.

A mí me parece, sin embargo, que el debate es mucho más complejo y, si se da con sinceridad, puede nutrir la manera en que los colombianos se relacionan con su historia y su perpetuada herencia de dolor.

Partamos de varios preceptos. El primero, es que la historia oficial ha sido excluyente. Los hitos fundacionales de lo que es Colombia se construyeron desde narradores con intereses y prejuicios propios que buscaban ocultar a ciertos grupos, discriminar o no reconocer el daño causado. Eso se ve con especial claridad en las estatuas.

¿Por qué son ellos los inmortalizados? ¿Quién los escogió? ¿Quién tomó la decisión de ponerlos en puntos claves de nuestras ciudades, como recordatorios de nuestros supuestos héroes y valores? Más importante aún: ¿quiénes no estuvieron en las conversaciones que llevaron a dicha exaltación?

En medio de las manifestaciones de una buena parte de la sociedad colombiana, en el marco del paro nacional, se han presentado varios hechos, violentos y vandálicos a los ojos de muchos, en los que desde comunidades indígenas hasta ciudadanos del común han derrumbado estatuas.

En Cali, el pueblo Misak tumbó un monumento a Sebastián de Belalcázar, tal como sucedió el año pasado en Popayán; en Neiva, tumbaron una estatua del expresidente Misael Pastrana Borrero; en Manizales, en la jornada del Día del trabajo, algunos manifestantes derrumbaron una estatua en memoria del abogado y político Gilberto Álzate Avendaño; y en Pasto, tumbaron un monumento en memoria del prócer de la independencia y traductor de los derechos del hombre, Antonio Nariño.

Le sugerimos: El valiente reclamo de Íngrid Betancourt a las Farc

También, se intentaron, infructuosamente, derribar las estatuas de Simón Bolívar, Cristóbal Colón y la reina Isabel de Castilla, en Bogotá, que luego fueron retiradas temporalmente por decisión del Consejo de Patrimonio para salvaguardarlas.

Cabe destacar que, el derribo de estatuas hace parte de un fenómeno mundial. A partir del asesinato del afro-americano George Floyd, en Estados Unidos, en mayo de 2020, el movimiento Black Lives Matter tumbó más de 50 estatuas de figuras históricas que lucharon a favor de la esclavitud en la Guerra Civil.

La práctica, se propagó a otros países como Reino Unido, donde la estatua de Edward Colston, traficante de esclavos, fue arrojada al agua en el puerto de Bristol. También fueron derribadas estatuas de Colón en varias ciudades estadounidenses. Y, más recientemente, fueron derribadas las estatuas de Cristóbal Colón, en Barranquilla y las de las reinas Victoria e Isabel del Reino Unido, en Canadá.

Detrás de lo que, para un sector de la ciudadanía, puede ser un acto vandálico, hay un llamado que no debe pasarse por alto en nuestra sociedad. Incluso, el hecho invita a preguntarse varias cosas, por ejemplo: ¿A quiénes rendimos memoria en Colombia y el mundo? ¿Cómo se calcula, o se decide, quién y por qué merece un monumento? ¿Cuál es la versión de la historia que se cuenta por medio de las estatuas que están ubicadas a lo largo y ancho del territorio nacional?

Lea también: Cómo se crea un tirano

La respuesta es dolorosa. En muchos casos, el exaltado, homenajeado e inmortalizado de la estatua derribada, es también un símbolo de la violencia contra los indígenas, de la usurpación de tierras, de la vulneración de los espacios sagrados, del asesinato de generaciones enteras de miembros de estas poblaciones a manos de una forma de ver el mundo y a Colombia, en donde ellos no están incluidos. Así las cosas, no es de extrañar que, para muchos, estas estatuas caídas sean símbolos y recuerdos de dolor y de agravio.

Sin embargo, el debate de si tumbar o no las estatuas, es tan antiguo como la historia misma. Las estatuas, al ser objetos históricos, tienen todo un símbolo de memoria y de discurso del poder. Más que construir una especie de estigma sobre los personajes conmemorados, es preguntarse el símbolo de su presencia y el símbolo de la ausencia de otros protagonistas de la historia.

Es volver a preguntarse si la historia como la conocemos está relatada por los vencedores y no tiene en cuenta a los vencidos, si tal vez el relato del pasado no ha pasado por alto a otros héroes que representan la diversidad de un país como Colombia.

Más allá de las estatuas, que, en últimas, sin contexto y con el olvido, terminan siendo simples cagaderos de palomas, los Misak han abierto en buena hora el necesario debate nacional en torno a los monumentos y los espacios de conmemoración.

Puede interesarle: Ley de comida chatarra, una necesidad hecha realidad

En medio del despertar ciudadano de las protestas y para avanzar hacia la verdad, el esclarecimiento histórico, la justicia, la reparación y la no repetición, esto nos brinda una fértil oportunidad como país para cuestionarnos acerca de quiénes somos, de dónde venimos, y, sobre todo, hacia dónde queremos ir.

No quiero terminar, sin antes aclarar que no se trata de salir a tumbar monumentos a diestra y siniestra. Mucho menos de promoverlo. Eso intentó hacer el Estado Islámico en su momento. Tampoco es útil pretender una pureza absoluta en personajes complejos, producto de sus épocas históricas.

Le sugerimos: Don Raúl Carvajal y su incansable búsqueda de la verdad

Pero la sociedad sí tiene derecho a preguntarse por las líneas rojas de tolerancia frente a los referentes que escogemos: ¿vamos a exaltar a esclavistas? ¿Vamos a celebrar a masacradores de indígenas? ¿Por qué sí? ¿Por qué no?

La historia, y como la entendemos, es un diálogo constante, que cambia, que resignifica, que ve donde antes había oscuridad y complicidad. La emoción de los indígenas cuando lograron derribar la estatua nos habla de su dolor, pero también de cómo podemos repensar una nueva historia y construir un nuevo futuro, sin perpetuar los errores y símbolos del pasado.

La columna escrita por Daniel González Monery no representa la línea editorial del medio