Juegos Olímpicos opinion
Imagen: EFE

3 agosto, 2021

Sonrisas y lágrimas: el valor de una medalla



Por: Redaccion Ultimahoracol




Por: Daniel González. Twitter: Danielgmonery

En mi opinión, no existe un evento deportivo tan hermoso, integrador y promotor de camaradería deportiva internacional como los juegos olímpicos, incluso, me atrevo a decir que muy por encima de la Copa Mundial de Fútbol.

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En los Juegos Olímpicos, se resaltan la vistosidad y simbolismo de su acto inaugural, la variedad de deportes en competencia, la amplia difusión de los medios de comunicación, la logística, el despliegue tecnológico y la participación de los mejores deportistas de la casi totalidad de los países del mundo.

Pero lo más importante, es que los Juegos Olímpicos de Tokio han mostrado al mundo, como nunca antes, un hermoso reflejo de esta realidad apenas visible: más allá del espíritu competitivo y de la resistencia física de los deportistas, hay seres humanos que sufren para llegar a la meta.

Lo mismo aplica en todos los ámbitos sociales, donde somos llamados a dar “lo mejor” de nosotros, cargando un peso sobre nuestros hombros que se hace cada vez más grande a medida que crecemos y que sumamos logros en la gesta de la vida.

En este punto, debo decir que lo que más me gusta de los Juegos Olímpicos no es solo el deporte, que a veces parece ser lo de menos, sino la literatura que nos ofrecen: en particular, las historias que allí se escriben o se revelan y nos hacen llorar, al mismo tiempo, de alegría y de tristeza.

El dolor de un pesista colombiano que pasó su vida en la miseria antes de bañarse de gloria; o la leyenda de una ciclista austriaca a la que nadie conocía y que se ganó la medalla de oro.

A estas historias de vida, se le suma la historia de Simone Biles, la estadounidense con cuatro preseas doradas que se retiró de la final por equipos de la gimnasia olímpica diciendo «tengo que concentrarme en mi salud mental».

También, es digna de mención, por supuesto, la historia de nuestra compatriota Mariana Pajón, convertida hoy en la deportista colombiana con más galardones olímpicos, quien después de tres años difíciles en los que tuvo que sobrellevar una seria caída, fuertes lesiones, una intervención quirúrgica y un largo proceso de recuperación, consiguió su tercera medalla para el país, esta vez, según sus palabras, «una de plata que sabe a oro».

Como último caso, tenemos la historia de Anna Kiesenhofer, una austriaca, doctora en matemáticas y filosofía, que llegó a Tokio casi por descarte, colándose apenas en el último tren. Tiene 30 años, una edad que ya a estas alturas de la vida, y en el ambiente precoz de los deportistas, parece la vejez y decrepitud, pero, sobre todo, el final de la carrera. Y ganó con tanta holgura que la que llegó de segunda, una profesional, pensó que la ganadora había sido ella.

‘Citius, altius, fortius’, tres ideas, un solo enfoque, alcanzar la meta. A eso somos llamados todos desde muy niños, como si vivir supusiera competir a muerte por aquello que deseamos o por lo que los demás desean para nosotros.

La competencia, vista por Charles Darwin, es «la lucha por la supervivencia». Y es que la existencia humana, tan frágil como sinuosa, suele ser más dura cuando es más lo que se exige que lo que se gana; y se hace aún más cruda cuando aún ganando, sentimos perder. 

‘Más rápido, más alto, más fuerte’, esta frase proveniente del latín que fue pronunciada por Pierre de Coubertin en la primera edición de los Juegos Olímpicos modernos en 1896, realizados en Atenas, y que desde siempre ha rendido tributo al olimpismo, es una invitación a darlo todo en las justas.

Sin embargo, conseguir preseas de oro, de plata o de bronce no debería ser lo que mida la valentía y el alcance de los deportistas, guerreros de carne, hueso y corazón que, a fin de cuentas, son también humanos como cualquiera de nosotros.

En estos días, en los Juegos Olímpicos ha quedado clara la importancia de la salud emocional y mental en el desarrollo de cualquier proyecto humano. Me ha gustado lo que pasa, porque esta sociedad sigue mirando con sospecha a los que no son máquinas de infinita producción y dedican tiempo para entender sus emociones y pensamientos.

No falta el dinosaurio que crea que la gimnasta olímpica estadounidense Simone Biles, que se retiró de los Juegos de Tokio, es una humana fallida, porque reconoce que necesita centrarse en este momento en su salud emocional y mental. Considero que ahora es cuando ella más y mejor nos muestra lo grande y maravillosa que es como deportista y como ser humano.

Asumiendo su situación, su vulnerabilidad y decidiendo buscar la ayuda que se requiere, nos dice que es alguien que trata de comprenderse integralmente y que tiene claras las prioridades en su proyecto de desarrollo. Algunos por el síndrome del héroe invencible desconocen lo que viven, no buscan ayuda y terminan en las peores situaciones.

El que nuestro esfuerzo sea reconocido resulta útil para reafirmar que el camino que estamos recorriendo es el indicado, porque a lo mejor es lo que nos hace felices. Pero los premios pueden llegar a convertirse en un arma de doble filo si se les da total prioridad en la vida, por encima de otros asuntos necesarios para humanizar como se debe la existencia.

Los Olímpicos han sido una oportunidad para volver a entender al ser humano desde su integralidad, para no desconocer ninguna de sus dimensiones y aceptar que tenemos que formarnos holísticamente.

No basta con ser el deportista más talentoso y tener la mejor preparación física y técnica, se requiere saber gestionar las emociones, crear buenas relaciones interpersonales, saber enfrentar mentalmente los fracasos y los conflictos de la vida.

No hay mucho sentido en ser el mejor empresario, llenándose de dinero con parpadear, y al tiempo ser aquel a quien no se lo soporta nadie, y la soledad, acompañada de la tristeza intensa, lo rompe por dentro cada vez que descubre que no todo lo puede solucionar con su billete.

No está mal sentirse mal, lo que estaría mal sería negarlo o soslayarlo. Se requiere trabajar en ello. Definitivamente necesitamos cuidar nuestras emociones y nuestra mente.

Hay que quitarles peso a las medallas y darle más valor a lo humano, sabiendo que no hay logro que llegue sin esfuerzo, así como no hay sonrisa que llegue sin lágrimas.