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violación
Imagen: Pinterest

¡No a la cadena perpetua!



Por:




Daniel González Monery

No logro entender qué demonios pasa por la cabeza de una persona, aunque para mi deja automáticamente de serlo, cuando decide violar a otra, peor aún si es a un menor, y con ello convertirse en animal. Confieso, que me resulta un misterio imposible de resolver.

La fuerza y la violencia destrozan la esencia de un acto natural, que, como el sexo, se fundamenta en el consentimiento y la voluntad mutua. Hay que buscar, en el pasado de ese cafre, sobretodo en su niñez, probables respuestas para solventar la incógnita. Algo debe estar muy mal en el alma de aquellos depravados y enfermos mentales que confunden el amor con el maltrato, la humillación y los vejámenes.

Pese a todo el horror expuesto anteriormente, y aun cuando los abusados son menores de edad y el tema se torna aún más sórdido y escabroso, no me parece que la cadena perpetua sea la solución definitiva que acabe con estos actos atroces, abominables y deleznables por donde se les mire.

El pasado martes, 6 de julio, con la firma del presidente Iván Duque, quedó en firme la resurrección de la cadena perpetua, que por su atávica severidad –junto con el destierro, la confiscación y la pena de muerte– fue abolida hace décadas de nuestro mapa jurídico y que desde hoy vuelve a tener vigencia en los casos de violadores y asesinos de niños.

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Pero, por supuesto, poner en duda la efectividad de este tipo de medidas punitivas, como lo hicieron en su momento reconocidos penalistas, no es para nada popular. Menos en un país que es golpeado cada vez, y con mayor frecuencia, por casos como el del auxiliar de un hogar infantil de Medellín que habría abusado de al menos 14 niños y niñas menores de 5 años.

Frente a realidades tan macabras como esta, no tarda en imponerse la idea de que lo que procede es que los depredadores pasen el resto de su vida en prisión, lejos de potenciales nuevas víctimas, como en efecto merece que le pase al abusador de Medellín.

Sin embargo, aún está por verse si la figura, de la cadena perpetua, logra pasar el examen de la Corte Constitucional, que en los últimos 15 años tumbó medidas menos drásticas contra los violadores, como el uso de los llamados ‘muros de la infamia’, en los que aparecían los rostros de criminales con sentencia ejecutoriada.

Como se advirtió en su momento, la medida impulsada en el Congreso, además de todos los problemas que tiene por populismo punitivo y ser inútil para prevenir estos crímenes atroces, conlleva una situación paradójica: abre la puerta para que las personas condenadas salgan antes de prisión.

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Es decir, por querer hacer un espectáculo político con el proyecto, los congresistas terminaron flexibilizando la pena para estos delitos graves. Ahora, con la presentación de la reglamentación, el Ministerio de Justicia y Derecho intenta modificar esa realidad, pero al mismo tiempo abre la puerta para cuestionamientos constitucionales. He ahí las consecuencias de insistir en un proyecto inútil.

El problema con esto es que, en la práctica, el Legislativo abrió la puerta para que los violadores y asesinos salgan antes de presión. Bajo el régimen actual, alguien condenado a 60 años puede, cuando mucho, salir a los 40 años. Con la cadena perpetua, podría quedar en libertad a los 25 años tras esa revisión.

Ese es el problema de legislar guiados por las emociones y el populismo. En vez de entender la complejidad de nuestro sistema penal y respetar sus principios orientadores, los legisladores apoyaron con vehemencia una medida incoherente que no supieron adaptar a la jurisprudencia de la Corte Constitucional. Todo un despropósito que nos obliga a preguntar: ¿de qué sirve tanto espectáculo? El Estado se desgasta en estas discusiones mientras que el problema de fondo sigue sin ser resuelto.

Por mi parte, yo, le digo no rotundo a la cadena perpetua. Empezando, porque no sirve para proteger eficaz y efectivamente a nuestros menores. No, porque su aprobación daría una ilusión de protección, mientras los asesinos y violadores siguen sueltos, por falta de eficacia del sistema penal y de medidas preventivas más globales.

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Le digo no, a la prisión perpetua, porque está demostrado históricamente, soportado en estudios y estadísticas, que aumentar las penas o crear nuevos delitos no ha influido para que los delincuentes se abstengan de cometerlos, por ende, no se cumple el fin buscado que es proteger a los menores y adolescentes.

Le digo no a la cadena perpetua, porque entiendo que la guerra contra los depredadores y violadores sexuales no se libra ni se gana solo con más penas. Cabe decir que hoy pueden ser condenados hasta a 60 años. Esta guerra, se gana con prevención y educación en calles, hogares y colegios, y con la captura, condena y envío a prisión de los delincuentes.

Le digo no, a la cadena perpetua, porque para aplicar estas penas extremas, y otras más realistas, se necesita una justicia que funcione, y eso es lo que no hemos podido garantizar ni frente a la violencia sexual ni frente a ningún delito.

En definitiva, lo frustrante en estas vueltas y maromas es, de nuevo, que la cadena perpetua hace mucho ruido sin lograr sus loables objetivos. Llevamos años y años en una discusión por una medida que no protege a los niños ni a las niñas, no ayuda a solucionar los problemas esenciales del sistema penitenciario, no motiva políticas públicas útiles de prevención y solo sirve para obtener votos fáciles.

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El país, debe entender, que el ejercicio del poder punitivo no solucionará las falencias de políticas públicas en salud, educación y familia, protección de la niñez y adolescencia.

Si las comisarías de familia tuvieran más dientes, si se cumplieran las medidas de protección que éstas imponen con ayuda de la Policía, si la Fiscalía actuara más rápido, si la familia no protegiera al agresor, si el Estado tuviera ayudas económicas y psicológicas para mujeres agredidas con sus hijos que dependen de su pareja maltratadora, seguramente así, sí protegeríamos a los menores, a las mujeres, a la familia y no tendríamos cortinas de humo, como la cadena perpetua, que es inútil, ineficiente e ineficaz en la protección de nuestra niñez. Por eso, yo le digo #NoALaCadenaPerpetua.

La columna escrita por Daniel González Monery no representa la línea editorial del medio

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