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Eutanasia
Imagen: Pixabay

La eutanasia y el derecho a morir con dignidad



Por: Redaccion Ultimahoracol




Por: Daniel González Monery

Para mí, la eutanasia, término relacionado con la decisión libre y voluntaria de morir de manera asistida, debería ser considerada no solo como un derecho fundamental, sino como uno natural, inherente a los seres humanos, como el derecho a una familia, a trabajar, alimentarse, a respirar, amar y caminar libremente por la Tierra, entre muchos otros. Sin embargo, la humanidad ha tenido que dar una dura batalla para poder ejercer esta decisión libre de vivir o morir, cuando se nos de la real gana, debido a sesgos morales, a veces políticos pero muy especialmente religiosos.

Tal es el caso de Martha Liria Sepúlveda, una mujer de 51 años que sufre porque debe seguir viviendo con la incertidumbre y el pánico frente al futuro que le depara la esclerosis lateral amiotrófica, mejor conocida como ELA, una enfermedad degenerativa y sin cura, que la aqueja y de la cual estaba determinada a escapar en la mañana del pasado domingo cuando cerraría sus ojos para siempre, de forma segura y asistida, supuestamente, por profesionales de la salud.

Sin embargo, la alegría y la tranquilidad que acompañaban a Martha Liria desde el 6 de agosto de este año, cuando supo que podría acceder a la eutanasia, se convirtieron en tristeza, ansiedad y desilusión, el pasado viernes, al saber que el procedimiento fue cancelado sin ningún sustento legal o científico.

A las 8 de la noche del pasado viernes, Martha Sepúlveda recibió una súbita y escueta carta del Instituto Colombiano del Dolor que decía que el procedimiento, de la eutanasia, no se iba a realizar. La misiva, de apenas cinco líneas, sin explicaciones y sin firmas ni sellos de ningún profesional del área de la salud, decía que ese mismo día el comité científico interdisciplinario para el derecho a morir con dignidad a través de la eutanasia decidió, por unanimidad, desistir del proceso.

Vemos entonces, que aquí hay una paradoja muy a la colombiana. el Instituto Colombiano del Dolor de Medellín, una Institución Prestadora de Servicios, no entiende de dolor. Peor aún: sus médicos deciden causarlo, junto con el sufrimiento, al tomar decisiones arbitrarias y crueles. No hay otra manera de leer la intempestiva cancelación de la eutanasia programada para Martha Liria Sepúlveda.

Esgrimiendo argumentos que denotan una clara negligencia médica y un total desconocimiento de la jurisprudencia de la Corte Constitucional, el Instituto Colombiano del Dolor de Medellín se posiciona como un arrogante y supuesto salvador de la vida, cuando en realidad lo único que está haciendo es que su paciente padezca dolor de manera irracional. Ante esta negativa por concederle a un paciente el derecho a morir con dignidad y sin dolor, ¿Quién responde?

Miremos el contexto. A Martha Liria Sepúlveda la valoraron. En ese estudio médico, encontraron que cumplía con los requisitos para recibir la eutanasia, un derecho reconocido por la Corte Constitucional. Así las cosas, su familia programó el día de la muerte. Suena raro, ¿no creen?

Ella, por su parte, hizo algo valiente y que quedará para la historia: habló con Noticias Caracol para mostrar cómo la muerte digna es, en efecto, un acto de amor, compasión y triunfo ante el dolor. Su rostro sonriente nos regaló, a los colombianos y al mundo entero, espero, una narrativa humana que contrasta con el oscurantismo y el temor con los que se suele tratar el tema de la eutanasia. En ella vimos un símbolo de la autonomía y la madurez, al reconocer las limitaciones humanas y enfrentarlas con sobrada fortaleza.

Pero los médicos del Instituto Colombiano del Dolor vieron otra cosa. En un acto que se parece mucho a la negligencia médica, dijeron que verla en las entrevistas demostró que no cumplía con los criterios para la eutanasia. ¡Cómo les parece! ¿La llamaron? Por supuesto que no. ¿La evaluaron en persona? Tampoco. Sin embargo, la observaron sonriendo y hablando de su muerte, síntomas innegables, según los del Instituto, de que estaba mucho mejor y ya no tenía derecho a morir con dignidad. ¡Me suena a crueldad!

Cancelar la eutanasia, y con ella el derecho a morir dignamente, a 36 horas de realizarla es, en la práctica, un acto de tortura. Sepúlveda y su familia llevaban todo este tiempo planeando la muerte. No es fácil, por más fortaleza interna, saber que los días se acaban. Es un proceso íntimo y doloroso, que trae consigo mucha ansiedad. En medio de eso, el Instituto Colombiano del Dolor echó todo por la borda, interrumpió el proceso y les dijo que ahora les toca enfrentarse a las dilatadas y tediosas trabas jurídicas. ¿En algún momento los médicos se sentaron a pensar en los efectos en la salud mental de Sepúlveda? Pareciera que no.

Además, ¿qué logran con esta decisión? Lo que va a terminar pasando es que será tutelada, la Corte intervendrá y, quizá después de largos meses de sufrimiento, se ordenará el procedimiento. O quizá Sepúlveda muera antes, no en sus términos deseados, sino en medio del estrés causado por los médicos que supuestamente pretenden protegerla. ¿Quién gana con esto? ¿Qué fin último se protege? Salir a respaldar la vida de manera terca y arrogante, en otra paradoja colombiana, lo único que hace es generar más sufrimiento al paciente y su familia.

Me pregunto si, ¿Entonces van a dejar que Martha sea consumida por la esclerosis lateral amiotrófica, postrada por años en su cama sin moverse hasta el día en que los músculos del tórax dejen de funcionar y le dé un paro respiratorio? Eso es lo que ocultan los médicos que operan seducidos por el oscurantismo religioso.

Este es un hecho que da cuenta de las aberraciones de una sociedad de mentes cortas. ¿Es entonces mejor que doña Martha se tire por un balcón y muera así, de manera espantosa, huyendo de sus dolores, todo porque algunos, sobre todo los médicos, creen tener más derechos que ella sobre su vida? Porque, sin duda, esto equivale a obligarla a un suicidio, como se han tenido que suicidar muchas adolescentes violadas al verse en embarazo y sometidas a llevar en su vientre un hijo que no desean, pese a que están legalmente autorizadas para un aborto.

El asunto no tiene vuelta de hoja: un paciente con pronóstico fatal, es decir, con una patología grave, progresiva e irreversible y con riesgo inminente de muerte, como es el caso de Martha Sepúlveda, tiene todo el derecho a pedir una muerte digna al médico tratante. Eso significa que nadie tiene el derecho a seguirlo sometiendo a prácticas de ninguna índole para prolongarle la vida y, por el contrario, existe la obligación de acatar su deseo de dejarlo morir tranquilo o de acelerarle la muerte en la fecha que él quiera, o dentro de los 15 días calendario siguientes a su petición.

En definitiva, debemos entender, de una vez y para siempre, que morir dignamente, aparte de ser un derecho, es una decisión individual, en la que ni el Estado ni nadie debe ni tiene derecho a intervenir. ¿Quiénes somos para decir hasta dónde debe sufrir alguien más? Que cada quien decida si morir con sufrimiento o morir con dignidad.

Esta columna la dedico a todos los pacientes que han tenido que enfrentarse no solo a la negligencia y la falta de regulación del Estado colombiano a morir dignamente, sino también a la falta de empatía y al implacable dedo señalador de la sociedad. También, dedico esta columna muy especialmente a la persona y la familia de Martha Sepúlveda y, en general, a todas las familias que han sufrido y siguen sufriendo por reclamar su legítimo derecho a morir con dignidad.

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