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Imagen: archivo particular

El suicidio y la importancia de la salud mental



Por: Redaccion Ultimahoracol




Por: Daniel González Monery

Si hablar de suicidio es difícil, ahora imagínense escribir sobre el tema. Y peor: sobre suicidio de jóvenes. Les confieso que pude sentir, en las falanges de los dedos, la incomodidad que me generaba teclear sobre un estigma social. Reconozco, en todo caso, que es necesario forzarme a hacerlo y al hacerlo sumo, aunque sea modestamente, a los esfuerzos de los expertos, quienes valientemente se han pronunciado al respecto. Hoy más que nunca urge hablar, y sobre todo actuar, para contrarrestar, y ojalá erradicar, el suicidio juvenil.

Noticias como la del joven de 18 años que el domingo pasado se lanzó al vacío desde el cuarto piso de un Centro Comercial en Barranquilla, o la del vigilante de 43 años que al día siguiente tomó su arma de dotación y se disparó en la Universidad de Montería, en la que laboraba y en la que se había titulado como abogado, hacen pensar que el dicho que reza “caras vemos, corazones no sabemos” no solo es acertado, sino también aterrador.

¿Qué hay detrás de un suicidio?, nos preguntamos cada vez que alguien decide irse para siempre y emprender por cuenta propia el tan temido viaje sin retorno. La respuesta nunca llega completa, quizás porque la relación entre la vida y la muerte, es mucho más cercana de lo que alcanzamos a imaginar en vida.

Según el Instituto de Medicina Legal, en el primer semestre del año se registraron 1.489 muertes por suicidio, un aumento considerable respecto del 2020. No se trata, entonces, de un problema originado en la pandemia ni fraguado en nuestro territorio: el suicidio lleva, ni más ni menos, 30 años de ascenso, silencioso y constante, en el mundo entero.

Hay más; según la Encuesta Nacional de 2015, 10 de cada 100 adultos y 12 de cada 10 adolescentes, necesitaban algún tipo de atención psicológica. De hecho, Colombia es uno de los países que más pérdidas de años saludables tienen por trastornos mentales.

La pandemia, no obstante, ha profundizado los problemas de salud mental en la población, como ha dejado en evidencia el informe de ‘Percepciones Universitarias’ de la Asociación Colombiana de Universidades: casi la mitad, el 48% de los estudiantes encuestados, reportaban sentirse más solos, 38% no le encontraba sentido a la vida y 55% reconocía estar más irritable a raíz de la pandemia. No es sorpresa, entonces, que el Ministerio de Salud reporte un aumento de 30% en las consultas en líneas de atención mental. Estamos frente a un problema alarmante. Y la única reacción posible es una sobrerreacción.

Son 8, las personas que en promedio se suicidan al día en Colombia, una cifra que debería alarmarnos lo suficiente como para tomar consciencia sobre lo que hay en común entre la salud mental y el suicidio como acción orientada a resolver el que, parece ser, es un gran problema de interés nacional.

¿Por qué lo hacen? ¿Desean vengarse de alguien? ¿Buscan reafirmar su existencia a través de su irreparable ausencia? ¿Quieren huir de una realidad que como dardo punzante los martiriza? ¿O acaso, intentan decirnos algo después de un largo silencio que se extiende hasta el infinito?

Pese a que imagino supone una dificultad enorme el hecho de quitarse la vida, el suicidio termina siendo, injustamente, una de las formas más indignas de morir. Detrás de todo acto suicida, crecen innumerables juicios. Tal como hoy, para que tengan una idea, en la Edad Media los suicidas eran rechazados por la ‘vergüenza’ que representaban. La ley medieval, ordenaba confiscar todas las propiedades de los suicidas, a quienes se les negaba ser enterrados en un cementerio, siendo humillados aún incluso después de su muerte, ¡como si los vivos tuviéramos la potestad de enjuiciar a los muertos!

Aunque existe un claro vínculo entre el suicidio y los trastornos mentales, según la Organización Mundial de la Salud, muchos optan por acabar con su vida impulsivamente, movidos por situaciones de crisis que merman su capacidad para hacerle frente a tensiones de la vida como problemas económicos, rupturas amorosas, enfermedades terminales, entre otras. A ello, se suma el tener que afrontar conflictos, catástrofes, actos violentos, abusos, la pérdida de seres queridos, o la vulnerabilidad y discriminación que implica el ser “diferente”.

Lastimosamente, en Colombia siempre hemos desestimado la salud mental y por eso nos acercamos y la tratamos a ella como si fuera un tema exclusivo para tratar a los “locos”, a los débiles, a los que no aguantan la rudeza de la vida y, por este sesgo que tenemos sobre las enfermedades mentales, nunca nos hemos preocupado por fortalecer las instituciones de atención psicológica y psiquiátrica y, menos aún, los hogares.

Este acompañamiento, no se cura con una operación, una píldora o una semana de reposo, como sucede con otras enfermedades. Los problemas mentales, requieren de tiempo y constancia, dos cosas que las EPS no pueden proveer.

Los psicólogos, a duras penas pueden asegurar una cita de una hora mensual para las personas que requieran los servicios, volviendo la salud mental, como siempre, un privilegio de clase. Un privilegio, por supuesto, para aquellos que tienen la capacidad de conseguir renombrados psicólogos, fuera de las EPS, o internarse en clínicas psiquiátricas de altísima calidad, que tienen precios supremamente elevados.

Así las cosas, este problema no es fácil de resolver. Por un lado, tenemos una sociedad que se niega a ver la importancia de la salud mental y, por el otro, tenemos un sistema que resulta incompetente para atender una oleada que viene en acenso.

Los esfuerzos aislados y los paños de agua tibia, son insuficientes cuando se trata del suicidio juvenil. Necesitamos una estrategia agresiva y contundente que enfrente la amenaza desde sus diferentes raíces. Desde el estigma social, la soledad del joven y la fricción que dificulta la atención del problema. Llamémosla, la estrategia de las tres C: conocimiento, compañía y costos.

Lo primero, es conocer, que más personas conozcan sobre el tema. Un entorno más preparado, que sepa reconocer señales de alarma y reaccionar apropiadamente, es superior a una sociedad tímida que prefiere meter el monstruo debajo de la cama, con la ilusión infantil de que allí, en la oscuridad, el monstruo desaparecerá. ‘Spoiler’: los monstruos debajo de la cama no solo no desaparecen, sino que engordan y crecen. Y una obviedad: mientras más grande el monstruo, más difícil de erradicar.

Promover prácticas saludables de cuidado mental, conversaciones, ejercicios, meditaciones, espiritualidad y, por supuesto, ayudas psicológicas y psiquiátricas, pueden ayudar a lograr esa resiliencia colectiva y, sobre todo, individual.

Lo segundo, es acompañar. Si la pandemia llevó a encierros físicos, no hay que perder de vista que las redes sociales ya habían generado un ensimismamiento. Doblemente recogidos, los jóvenes no encuentran con quién hablar de sus desafíos mentales. Desde los hogares, pasando por las escuelas y universidades, tenemos la tarea de acompañarlos y escucharlos, fundamentalmente. Programas de bienestar y atención a los estudiantes que abran espacios, y hogares donde los pongan en modo proactivo y les demuestren que no están solos, es lo que necesitan esos jóvenes, valiosos todos, pero en condición de vulnerabilidad mental.

Por último, lo tercero tiene que ver, como siempre, con los costos económicos. No puede ser que un joven que se siente solo y es disuadido por el estigma social de exponer los monstruos de su mente, llegue a una EPS y, en vez de toparse con atención y calidez, sea recibido con formularios y justificaciones de por qué no lo pueden atender y, menos aún, curar.

En estos momentos, al joven, que sufre de problemas de salud mental, habría que tratarlo como al paciente de Covid-19. Esto es, con la mayor prioridad y atención. Es inadmisible que el joven tenga que debatirse entre una (des)atención letárgica o una consulta privada que no puede pagar. Si nuestros jóvenes, como dicen todo el tiempo, son verdaderamente la prioridad, entonces necesitamos prevención, agilidad y calidez, desde las EPS.

Lejos de la estigmatización, que tanto daño hace a la humanidad, hay que abordar el suicidio y la salud mental con sensibilidad, sin reducir a un tabú, el deseo de morir o a ser escuchado. He llegado así al final de esta columna y, lo admito de nuevo, no ha sido nada fácil. Ha sido, en todo caso, un esfuerzo minúsculo si se compara con lo que un joven, que sufre de salud mental, debe padecer para salir de ese rincón oscuro. Hagamos más para que no sea así.

En definitiva, creo firmemente que llegó el momento de entender que prestar atención a las señales de suicidio y la salud mental, es tan importante como las de la salud física. Y es la hora, también, de enfrentar tabúes, de dejar de estigmatizar y, sobre todo, de entender que enfrentar esta dura realidad, con una actitud sincera, humilde y abierta de la sociedad, sin duda nos ayudará a que esta, la grave situación de suicidio y salud mental en el país, no se convierta en algo parecido a otra pandemia.

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