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Imagen: Presidencia de la República.

3 años con un tal-Iván en el poder



Por: Paul Padilla




Hasta ahora, lo único bueno que le he encontrado a los terroristas y extremistas de los talibanes que gobiernan con puño de hierro en Afganistán, es la posibilidad de conjugar su nombre con el de un tal-Iván Duque que, dicho sea de paso, en agosto pasado acaba de completar 3 nefastos años de mandato como primer mandatario de todos los colombianos.

En Colombia, cada Gobierno Nacional intenta tener una marca o un sello que se prolongue en el tiempo. Por ejemplo, a Álvaro Uribe, se le caracteriza con la seguridad. A  Juan Manuel Santos con la paz e igual sucede con administraciones locales y regionales. Esta vez, la marca del Gobierno Nacional, el del tal-Iván, aún no existe o, al menos, no es clara todavía.

Iván Duque, un presidente joven que representa un partido de ultraderecha, no ha logrado construir, luego de tres años de Gobierno y falta de uno, un modelo de país, un horizonte hacia donde andar o, por lo menos, una marca que lo identifique.

Desde que el tal-Iván Duque es presidente, Colombia se ha sumido en la más grave crisis social, económica e institucional de su historia reciente. Una crisis socioeconómica donde el dato dramático es que millones de personas no pueden comer tres veces al día.

Una crisis de seguridad, en la cual las organizaciones criminales crecen exponencialmente en número de personas y en copamiento territorial, una crisis política, migratoria y social. A este ritmo, Iván Duque entregará en un año, el próximo 7 de agosto de 2022, un país hecho trizas.

El país ha visto un mandato sin rumbo, sin norte claro, sin conocimiento ni experiencia. Es cierto que la pandemia tomó por sorpresa al mundo entero, pero, también lo es que el presidente Duque no estuvo ni ha estado a la altura para proponer planes efectivos de empleos de emergencia ni reconoció la urgencia de establecer la renta básica.

Con impotencia, hemos visto cómo el país pasó del 9,3% al 10,3% de desocupación en tan solo el primer año de gobierno; para febrero de 2020 estábamos en el 12,2% y hoy estamos en una tasa estimada del 14,4%. El porcentaje de población en condiciones de pobreza también aumentó. Duque logró pasar del 34,7% al 35,7% en su primer año de mandato y, de manera vergonzosa, las proyecciones nos indican que este año alcanzaremos el 46,5%. ¡Cuánto dolor!

La pregunta central es por qué el Uribismo y, en particular, Iván Duque llevaron al país a esta crisis. La respuesta no es fácil y si bien la pandemia jugó un papel importante como catalizador de la situación de deterioro, también es cierto que desde 2019 la situación se venía dañando en todos los aspectos. Hay varias respuestas a la pregunta, pero valdría la pena mencionar algunas.

Por un lado, el Uribismo leyó la realidad de Colombia en 2018 como lo hizo en 2002, y no entendieron que el país había cambiado. Esta lectura se dio en materia de seguridad, donde no entendieron que las FARC ya no existen, y combaten los fenómenos de seguridad como otrora se combatía a un grupo guerrillero.

Rápidamente la seguridad se ha deteriorado con momentos en los que el Uribismo pareciera añorar que las FARC revivieran para volver a crear los fantasmas del pasado.

La violencia, la muerte y la inseguridad se tomaron, de nuevo, casi todos los rincones de los territorios de la geografía nacional. Se han registrado casi 150 masacres desde agosto de 2018 hasta la fecha. Ha habido un incremento en los asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos, en el desplazamiento masivo y lo más grave es que no se vislumbra una estrategia clara y contundente para acabar con la espiral de violencia.

En materia política, la situación fue similar, el Uribismo creyó que el proceso de paz era humo y discursos, además leían los planes y proyectos de la paz con un sesgo ideológico y, al final, no lo implementaron a cabalidad.

Este gobierno, además, puso en evidencia su irrespeto por las instituciones atacando a la justicia transicional y hundiendo proyectos claves como la Jurisdicción Agraria. Fueron sus mayorías parlamentarias las responsables de que esta iniciativa tan necesaria para el campo se hundiera. Es evidente que quieren cumplir su promesa de hacer trizas la paz.

Como si no fuera suficiente, esta política de agresión escaló al plano internacional resquebrajando las relaciones bilaterales con los Estados Unidos. De manera descarada, el Centro Democrático intervino en el proceso electoral de un esencial aliado para Colombia y logró limitar la agenda bilateral a la lucha contra las drogas. ¡Cuánto retroceso!

Ante la grave crisis de impopularidad, la más alta registrada por un mandatario en la historia reciente, el presidente Duque en lugar de cambiar se aferró a la vieja clase política para navegar la última etapa del Gobierno. Esto, como era de esperarse, impactó en la imagen de su administración y deterioró la coalición de Gobierno pues una buena parte de la ciudadanía los ven como políticos corruptos.

Los incumplimientos, también le han pasado una factura grande: el huracán que destrozó a Providencia en el caribe colombiano ha terminado por demostrar una incapacidad para atender las necesidades de un territorio pequeño y necesitado; las excusas se han vuelto el pan de cada día, en Providencia se demostró que este gobierno tampoco logró, como ya ha ocurrido antes, contratar y gestionar en los tiempos de la gente ni tramitar las diferencias con las comunidades raizales. Ojalá no termine Providencia convertido en un escándalo de corrupción.

Por último, el presidente no dialoga con los sectores sociales y políticos del país. No envía mensajes a los jóvenes, maestros, ni campesinos; sus discursos solo se dirigen a la fuerza pública, el empresariado más poderoso y los viejos políticos. Es como si desconociera el 90% de la población o, como dicen incluso algunos de sus seguidores, como si viviera en la luna.

Sin duda, un gobierno al que se le ha dificultado el diálogo. Como a cualquiera que solo quiere ser escuchado y no escuchar. Terco y vanidoso, para los analistas, una de las características que le impidió al presidente conectar con la realidad de las calles y no leer sus necesidades.

Para que no se diga que sólo nos centramos en lo malo, veamos algunos aciertos que ha tenido el tal-Iván en estos 3 años. Sin duda, el más aplaudido ha sido el estatuto para los migrantes venezolanos, en medio de una apuesta fallida para derrocar a Nicolás Maduro.

Duque realizó quizá uno de los hechos más humanitarios para proteger a más de un millón de venezolanos vulnerables que han llegado por trochas y puentes a buscar un futuro con hambre y los pies descalzos.

Imposible no reconocer, por otra parte, la decisión de aumentar el presupuesto en educación, y su apuesta certera por el emprendimiento y la conectividad así como las energías renovables.

En definitiva, este gobierno no deja una sola reforma transformadora, ni una modernización institucional como la que exige la complejidad de nuestros tiempos. Contrario a su anuncio de posesión de reconciliar al país, el tal-Iván lo entrega aún más dividido.

Iván Duque pasará a la historia no solo como el primer mandatario sin reelección en más de 16 años, sino como aquel que llegó con las banderas de la reconciliación y se quedó en el revanchismo, como el mandatario más joven que no supo conectar con los jóvenes y que se dedicó a gobernar encerrado desde el Palacio de Nariño lanzando discursos sobre un país que no corresponden a la realidad.

Su gobierno, sin duda, también pasará a la historia como el de las oportunidades perdidas. Pudo consolidar la paz y ha hecho todo lo posible por hacerla trizas. Pudo unir al país y gobernó protegiendo los intereses de su partido. Pudo defender la vida y, como en las peores épocas de la guerra, tenemos una masacre cada tres días. Pudo garantizar el derecho a la educación y no lo hizo. No cuidó la vida, ni la paz, ni la educación de los niños.

En síntesis, no se sabe qué será peor: si el intempestivo regreso de la horda de los talibanes o el último año, ojalá no tan largo cono los demás, que le queda al tal-Iván Duque en el poder. Veremos.

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